Alcides Méndez Paz y Daniel Rayson Midon, estudiantes y trabajadores en Astilleros y en Propulsora, fueron secuestrados por una patota armada el 19 de febrero de 1976 en Berisso y en Tolosa. Sus cuerpos acribillados aparecieron en una zanja camino a Brandsen.
Por Gabriela Calotti
Con las declaraciones testimoniales del hermano de Alcides Méndez Paz y de la hermana de Daniel Rayson Midon, por cuyos secuestros y asesinatos están imputados tres activos miembros de la Concentración Nacional Universitaria, Carlos Ernesto “El indio” Castillo, Juan José “Pipí” Pomares y Antonio Agustín “Tony” Jesús, continuó el lunes el Juicio CNU II que lleva adelante el Tribunal Oral Federal Nº1 de La Plata, que los juzga por 13 casos, entre éstos por nueve homicidios brutales.
Está audiencia número 10 tuvo lugar en presencia en la sala de la jueza María Gabriela López Iñiguez. Sus pares Jorge Gorini y Fernando Minguillón la siguieron de forma virtual. También por zoom presenciaron la audiencia los imputados, Castillo y Pomares desde la Unidad Penitenciaria Nº34 de Campo de Mayo y Jesús desde su domicilio en Villa Elisa.
Los defensores de los imputados también lo hicieron de forma virtual. A 50 años de aquellos años, donde la banda paraestatal de ultraderecha peronista llamada CNU sembraba el terror en La Plata con una violencia sinigual, los abogados de Castillo, Lisandro Sevillano y Natalia Caprarulo, insistieron en hacer preguntas a los testigos en un intento por desvincular a su cliente. A tal punto que en un momento, la transmisión virtual del juicio mostró a Castillo con gesto de satisfacción y aplaudiendo.
No obstante, sobre Castillo, a quien familiares de víctimas de la CNU señalan como el que comandaba la patota que irrumpía en las casas de madrugada en los meses previos al golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976, ya pesan varias condenas previas. En 2017 fue condenado a perpetua tras el primer juicio a la CNU platense y más recientemente, la semana pasada, fue condenado a 25 años de prisión en el juicio por delitos de lesa humanidad perpetrados en el centro clandestino de 1 y 60 y en las Comisarías 8va y 2da de La Plata. La Comisaría 8va fue mencionada en varias ocasiones por los familiares que declararon el lunes.
Raúl Horacio Méndez Paz, tenía por entonces 13 años. Su hermano Alcides, tenía 25. Alcides trabajaba en Astilleros Río Santiago y estaba en quinto año de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN). Ya no vivía en la casa familiar.
En la casa familiar ubicada en 71 entre 6 y 7 vivían Raúl, su mamá María Angélica Falloca y su papá Tulio Raúl Méndez Paz. Sus hermanas Rosada y María Angélica, tampoco vivían allí, explicó al Tribunal, interrogado por la auxiliar fiscal Ana Oberlín.
Unos meses antes del secuestro a manos de la CNU, la propia policía había ido a la casa a buscar a Alcides, que según contó su hermano, fue a la Comisaria para ver qué pasaba. “Ahí lo detuvieron, en la (comisaría) Novena. Estuvo un mes. Luego lo trasladaron a la Unidad 9 donde estuvo dos meses”.
Tras recuperar la libertad, Alcides se fue a la casa de sus tíos en Tolosa, que vivían en 120 y 528, recordó Raúl.
Una semana más tarde, a eso de las 3 de la mañana del 19 de febrero de 1976, “escuchamos que golpeaban la puerta y se salta un hombre por el tapial. Estábamos durmiendo mi mamá y yo”, contó Raúl antes de precisar que su padre, jubilado de Policía, trabajaba como vigilancia en Motorplat, una agencia de autos local.
El que saltó por la tapia “le abrió a los demás y empezaron a entrar 10 o 12 personas, armados. Me acuerdo de uno que tenía un chaleco antibalas, casco, una escopeta Itaka, otro tenía un Handy. Y había uno que comandaba toda la banda que estaba vestido de militar, tenia una pistola y un cuchillo de monte”, precisó al describir aquella escena aterradora. “A mí me tenían con las manos arriba contra la pared, apuntándome con una ametralladora. Mi mamá les tuvo que decir dónde estaba, lamentablemente”, recordó.
Antes de irse, “se robaron todo lo que pudieron y se llevaron la llave de mi casa”. Entonces “me trepé a la pared y me fui a la comisaría 8va y después fui a avisarle a mi papá”, contó.
“A mi hermano se lo llevaron la madrugada del 19 de febrero de 1976. El día 20, salió en primera página del diario El Día que habían aparecido muertos y acribillados a balazos y atados, mi hermano con una persona de apellido Rayson. Que habían aparecido en una zanja en la ruta 215 que va a Brandsen”, afirmó. Luego mostraría al Tribunal y a las partes esa portada del diario platense.
Aseguró que tiempo después fueron convocados de la Comisaría 8va para que reconocieran “objetos robados por una banda que presumiblemente eran los que habían venido a robar a casa”, aseguró.
Fue con su mamá. “Había una cantidad increíble de elementos robados. Hasta había un gancho con una soga para treparse en la pared. Nos mostraron fotos carné y ahí mi mamá y yo reconocimos a Carlos Castillo. Yo lo reconozco porque era el que comandaba la banda. Los otros daban vueltas. Yo lo reconocí. No me olvido más”, sostuvo sin dudar el testigo.
Al cuerpo de su hermano lo reconoció su papá en la morgue de la Policía. El no lo vio “porque era muy chico”. Su padre les dijo que el cuerpo de Daniel había sido “acribillado a balazos y estaba atado”.
“Yo fui testigo de la banda que vino a mi casa (…) pero no estaba enterado de todo. Era muy chico”, respondió interrogado por mayores precisiones por la Fiscalía.
Tiempo después, en el Juzgado Nº3 volvió a reconocer a Carlos Ernesto Castillo como el hombre que comandaba la patota que buscaba a su hermano. “Me mostraron un libro con un montón de fotos. Y lo reconocí a Carlos Castillo. Había una foto cuando era joven, lo reconocí y también en una foto de más grande. Pude identificar dos o tres fotos en distintas edades de él”, puntualizó.
Raúl contó que su mamá conocía a Castillo de antes. La familia Novara, a la que calificó como una “familia pesada”, vivía a 40 metros de los Méndez Paz. Nelly Novara era la madre de Castillo. “Mi mamá lo conoció porque ese Castillo conocía a mi hermano de chico. Después de que lo viniveron a buscar mi mamá decía ‘yo lo conozco’”.
Tras el asesinato de Alcides “mi mamá no se recuperó más. Se enfermó. Siempre lo recordamos y nos preguntamos por qué. Era buenísimo”, aseguró Raúl. A su hermana Rosana que “era muy compinche de mi hermano, le afectó mucho hasta el día de hoy”, agregó, antes de mostrar una foto en blanco y negro de Alcides Méndez Paz del 15 de octubre de 1974.
En su relato, Raúl Méndez Paz describió algo de lo que recordaba de tres de los sujetos que irrumpieron en su casa. La defensa de Castillo insistió en que describiera a los otros nueve. Luego insistieron en cómo había reconocido a Castillo y el testigo respondió que en “fotos carné de frente”.
“¿Sabe si esa foto tenía nombre y apellido?”, le preguntó la defensa. “Era una foto carné. La cara de una persona sola en blanco y negro. No decía nada. Era la fotito nada más”, respondió el testigo, sin perder la calma.
La familia desconocía que Alcides militara políticamente. “No, que nosotros sepamos, no”, respondió.
“Daniel era mi único hermano”
Daniel Rayson Midon habían nacido el 4 de enero de 1952. Tenía 24 años. Estudiaba Ingeniería en la Universidad Católica (UCA) y trabajaba en Propulsora. Vivían con su mamá, Manuel Nélida Midon en la calle 171 entre 16 y 17 de Berisso, a media cuadra del río. Su papá, Daniel Rayson, militar, había fallecido cuando eran chicos. Entonces, Daniel hijo se había convertido “en el hombre de la casa”, contó Graciela durante su testimonio, cargado de angustia que volvió a presentar ante un Tribunal en búsqueda de justicia por su hermano.

Acompañada durante su testimonio presencial por Carmen Celis, coordinadora del CODESEDH (Comité para la Defensa de la Ética, la Salud y los Derechos Humanos), Graciela Rayson Midon contó que la madrugada del 19 de febrero de 1976, “a eso de las 2 de la mañana (…) estábamos durmiendo y golpearon fuerte la puerta, gritando ‘Ejército argentino’”.
“Yo dormía en el living, que era la puerta de entrada de la casa. Me levanté, abrí y era como un malón que entró. Era gente toda vestida de verde (…) Para mí eran militares. Se identificaron como Ejército argentino. Los dejé pasar ¿Qué iba a pensar? Si eran militares, que eran buenas personas”, relató.
Graciela también aseguró que “había alguien que dirigía, que tenía voz de mando”, aseguró y explicó que todavía retumban en su cabeza “los borcegos pisando el piso de madera” de la casa. “Eso lo sigo recordando hoy. Ciencuenta años pasaron y lo sigo recordando”, sostuvo antes de afirmar “Carlos Ernesto, lo sigo recordando y lo seguiré recordando hasta el día de mi muerte”, sostuvo dirigiéndose al imputado Castillo con voz pausada y conteniendo la amargura de aquel día.
Aseguró que “entraban y salían. Buscaban panfletos. Algo subversivo. Eso decía el que dirigía”, precisó Graciela que estudiaba psicología y que recuerda claramente que aquella madrugada “el señor Castillo” como se dirigió a él en todo su testimonio “se llevó” una lapicera Parker de oro que le había regalado su tía. “Se llevaron todo el oro que había. Eso los apaciguó”, contó.
Su mamá les decía que la mejor inversión era comprar pequeñas joyas de oro. Esa madrugada también le robaron el reloj de oro que su hermano y su mamá le habían regalado para sus 15 años. “Nosotros alquilábamos, pero mi mamá había comprado un terreno porque pensábamos construir una casa. Todos eran proyectos futuros que el señor Carlos Ernesto me robó”, insistió.
Al adentrarse más en la historia de su hermano, contó que siempre había sido “gordito” pero que después de hacer un régimen “adelgazó. Era hermoso”, aseguró antes de describir “sus ojos verdosos que cambiaban con el tiempo. Era alto, elegante”, agregó.
Fue allí cuando la cámara de la transmisión empezó a mostrar a Castillo y a Pomares siguiendo la audiencia desde una sala de la cárcel.
Volviendo a su relato recordó entonces que en un momento el que dirigía le dijo “’bueno gordito, ponete un abrigo que hace frío. Es verdad, había llovido y estaba fresco”, precisó Graciela. “Miré por un costado de mi hombro y vi cuando mi hermano me hizo ‘chau’ con la mano. Conservo esa imagen”, afirmó. “¿De dónde lo conocían gordito? Eso me extrañó”.
Alcanzó a ver por una rendija de la ventana que en la puerta había “unos Torinos plateados”. La casa era un “desastre”. Habían revuelvo todo. “Habían sacado los cajones del ropero y los habían tirado arriba de la cama”.
Recordó que cuando ese hombre se dirigía a ella, “me preguntó si mi hermano había trabajado en el Automóvil Club. Le dije que sí. Había trabajado tres meses y había sido delegado”, explicó Graciela. Tiempo después había ingresado en Propulsora.
Un rato después de que se fueran con su hermano ella, su mamá y su tía, se fueron a buscar a un tío que era subcomisario de la Policía, Jacinto Montenegro. En la Comisaría de Berisso les dijeron que tenían que presentar un Hábeas Corpus. “No teníamos ni idea qué era eso. Ahí mi vida cambió”, sostuvo.
Dijo que después fueron a buscar a un concejal de apellido López Osornio “pues su hijo era amigo de mi hermano. Le dije que lo había sucedido”. Fue esa persona quién reconoció el cuerpo de Daniel Rayson en 1 y 60. “Me dijo que no lo había reconocido porque estaba lleno de barro y sangre. Después le echaron agua en la carita”, relató conteniendo el llanto. “Prometí no llorar”, aclaró.
A ella le mostraron fotografías del cuerpo de su hermano boca abajo hallado sobre una zanja camino a Brandsen. Con él estaba el cuerpo de Alcides Méndez Paz, afirmó.
“Tenía las manos atadas atrás. El policía me mostró la ropa y la reconocí (…) Y en la espalda de la ropa tenía 19 tiros”, precisó.
Graciela Rayson explicó al Tribunal que justo en vísperas de su testimonial volvió a leer el certificado de defunción. “Decía que murió por pérdida de masa encefálica. El primer tiro fue en su sien derecha y los 19 tiros fueron uno por cada uno de ellos en la espalda. Ahora me doy cuenta. Decían que en el CNU se hacía cada uno responsable dándole un tiro por la espalda” a sus víctimas, aseguró.
La auxiliar fiscal, Ana Oberlín le preguntó si pudieron velar a Daniel y si se produjo alguna situación particular.
“Sí. Cuando vino esta gente de Propulsora, este muchacho alto que no sé cómo se llamaba (ndlr: con el que ella había hablado tras el secuestro de Daniel), me dijo que estaba vigilado el velatorio. Que iban a entrar de a uno y que no iban a ir al Cementerio porque estaba vigilado”.
Luego explicó que tras el asesinato de Carlos Scafide, el 13 de enero de 1976, también trabajador en Propulsora, “mi hermano había quedado desesperado” y que fue a su velatorio y al entierro. “Cuando estaban en el Cementerio, había pasado una avioneta y había tirado balas y todos se tiraron al suelo”.
A pedido de Oberlín, Graciela Rayson se acercó a la jueza para mostrarle fotos de su hermano en aquellos días.
“Mi hermano se merece un homenaje porque era un buen ser humano. Era estudioso. Era un buen hermano”, sostuvo y recordó algunos momentos de alegría en ese hogar, la última Navidad “tomando sidra los tres” o “mi hermano alzando a mi mamá” riéndose.
Fue entonces cuando la defesora oficial de Castillo le preguntó a Graciela Rayson que “aclare cómo vincula a Castillo con la muerte de su hermano”.
“Cuando me llama el comisario de 1 y 60 me dice que el señor Castillo había sido el que había entrado a mi casa”, respondió. La letrada preguntó entonces cuál era el apellido de ese comisario. “No sé el apellido del comisario”, respondió.
“¿Usted conocía al señor Castillo previamente a los hechos?”, volvió a preguntarle. “No”, respondió Graciela Rayson, tras lo cual la transmisión de la audiencia mostró a Castillo contento y aplaudiendo desde la cárcel.
La jueza le preguntó si Daniel Rayson “tuvo alguna militancia”. “No -respondió Graciela-. Lo único que recuerdo era que iba al centro de estudiantes egresados de Berisso. Allí la secretaria me dijo un día ‘ahí éramos todos peronistas’” y contó que “a mi hermano y a mi mamá los encontré llorando el día que murió (Juan Domingo) Perón”, el 1 de julio de 1974.
El guardavidas de AMEMOP
Aurelio Mario Duic frecuentaba la pileta del sindicato de los empleados del ministerio de Obras Públicas de la provincia de Buenos Aires ubicado por entonces en el Parque Pereyra desde que tenía 6 años. Iba con su papá. A partir de los 12 o 13 años empezó a trabajar en el vestuario, donde estuvo hasta 1972.
Duic fue Interrogado por el abogado Pablo Llonto, que representa a la querella particular de las familias Rave y Urrera, otras dos víctimas asesinadas brutalmente por la CNU que comandaba Castillo en los operativos.
“¿En ese periodo conoció a algún integrante de la familia Rave?”, le preguntó Llonto. “Sí, sí, los conocía. Para mí eran dos o tres hermanos o parientes que venían como socios. Eventualmente nos encontrábamos, nos tirábamos de la plataforma, hasta que yo ingresé como trabajador”, respondió.
“¿Conoció o recuerda a Patulo Rave?”, preguntó el letrado. “Lo que me hizo recordarlo fue su sobrenombre. Si recuerdo que era un muchacho rubio que venía con una o dos personas de su misma edad”, respondió.
En testimonios ofrecidos en audiencias previas de este juicio, uno de los hermanos de Ricardo Arturo “Patulo” Rave, contó que en verano iban a la pileta de AMEMOP y que uno de los guardavidas le contó a un amigo que “a Patulo lo hicimos nosotros”, en referencia a que su secuestro y asesinato, el 24 de diciembre de 1975, había sido obra siniestra de la patota de la CNU, que desde hacía tiempo perseguía y hostigaba a esa familia de nueve hermanos, varios de ellos militantes estudiantiles y delegados gremiales.
Las preguntas de Llonto se centraron entonces en los nombres y apodos de los guardavidas de esa pileta. Así, Duic mencionó al “Zurdo” Causa, Ramón Martiarena, “Creto” Insaurralde, Pedro Fernández y Ricardo Gutiérrez, un tal Pi y al “Tronco” Gilli.
Entonces el letrado le pidió que los describiera físicamente. El testigo explicó cómo era cada uno de ellos. Medían como mínimo 1,70, eran casi todos robustos y alguno de ellos era cinturón negro de yudo.
Las víctimas que llegaron a este juicio eran estudiantes con militancia política y/o actividad gremial en sus trabajos: Jorge Rosendo Ruda, Ricardo Arturo Rave, Alcides Emilio Méndez Paz, Daniel Rayson Midon, Carlos Alberto Sathicq, Horacio Salvador Urrera, Leonardo Miceli, Graciela Herminia Martini, y Néstor Hugo Dinotto. Las otras víctimas secuestradas y sometidas a tormentos son Walter Fabián Martini, Elia Zanata, Daniel Pastorino y Adelaida Ursula Barón. Nueve de ellos fueron asesinados. A la CNU se le atribuyen más de 70 asesinatos en La Plata y alrededores.
Junto a la fiscal Oberlín estuvieron de forma presencial el fiscal general Gonzalo Miranda y el auxiliar fiscal Juan Martín Nogueira. Por las otras querellas asistieron las letradas Verónica Bogliano y Camila Gerini por la Subsecretaría de Derechos Humanos de la provincia de Buenos Aires, Guadalupe Godoy por la Liga Argentina por los Derechos Humanos y Pía Garralda por la Asociación de ex Detenidos-desaparecidos.
La próxima audiencia tendrá lugar el 27 de mayo las 9.30 hs.
La CNU, brazo universitario de la Triple A, actuaba con una brutalidad extrema, en zonas liberadas por la policía bonaerense y el Ejército y abandonaba los cuerpos de sus víctimas en lugares públicos, algunos alejados de la ciudad, como caminos, arroyos o la vera del Río de La Plata.
Las audiencias de este segundo juicio contra la CNU platense, son mixtas, es decir presenciales con público en la sala y virtuales. Son transmitidas en directo por los canales de Youtube del Poder Judicial (https://www.youtube.com/@pjn-videoconferencias); por la página web del Centro de Información Judicial (CIJ) (www.cij.gob.ar); y por el canal de Youtube de La Retaguardia TV, único medio de comunicación que desde hace años transmite en directo juicios por delitos de lesa humanidad (https://www.youtube.com/user/laretaguardia).
